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sábado, 14 de marzo de 2015

Murales: A ti, bienintencionado defensor de la pintura progre “limeña”

A ti, bienintencionado defensor de la pintura progre “limeña”, ciudadano crítico en la era de la TV basura y simpatizante de los mensajes de libertad. No sufras si no ves a la calle el mural policromático que te hacía sentir más cerca a New York, Paris o Sao Paulo y si se cubren las paredes con un hepatítico amarillo.

Perdona si los indios no entendemos tu vanguardia sustentada en argumentos de redes sociales y si desconocemos el street art británico de Banksy, así como nosotros perdonamos (o le somos indiferentes) a los intelectuales que no nos representan: a los indigenistas, a los humanistas paternalistas, a políticos de izquierda caviar y a los “artistas” de Quilca fuera de la PEA.


Porque cada vez hay mundos de más arriba y mundos de más abajo un crítico dirá “no sé por qué hacen escándalo por la huachafada aquella que parece una mezcla de Guayasamín en pepas con máscara de cachascanista mexicano” y tú dirás “bueno, que borren ese también pero no los demás”.

Y si crees que los murales “animan secciones deprimentes del paisaje urbano y reemplazan, hasta donde eso es humanamente posible, a los vándalos del aerosol” o solo piensas que “cualquier mural es mejor que una pared pelada”, entonces rebélate.

Si quieres quemar el mundo, si quieres cobrar venganza, hay paredes en abundancia en Miraflores, San Isidro y Surco, ahí podrás ser más transgresor, un artista de verdad.

Y piensa...

Pregúntale a tus padres cuánto disfrutaron de los mosaicos abstractos de Szyszlo y Wiesse en la Vía Expresa encargados en los 90, “hoy descangallados o desaparecidos”, e indígnense juntos y tomen la incómoda pero coherente decisión de mandar a pintar la fachada de tu hogar con alguna escena surrealista, indigenista o Movadefista. O mira el Street View de Google y suspira…



Quizá mañana tus hijos pinten tu sufrimiento y tu lucha en paredes de vidrio...

(Escribe un personaje)

jueves, 16 de enero de 2014

El rechazo a lo ajeno: Reacciones sobre la escultura Entre el Tiempo de José Tola

El "monstruo del malecón" no muerde, ni siquiera te mira, pero su potente presencia no deja de ser perturbadora e interrumpe —para bien— el orden creado por el limeño antiguo, ese orden que desconocía o se aislaba del gran resto del Perú. El Parque del Libro, donde está ubicada la escultura, siempre tiene el césped bien cortado, los senderos asfaltados están correctamente definidos y hasta hay indicaciones sobre dónde poner los desechos del perro; este parque es la fase ideal del transito de lo artificial (los edificios, la pista, los autos) a lo natural (el mar y la isla). Pero esta parte del Malecón Cisneros, donde "armonizan" el hombre y la naturaleza, hoy está violentada por la escultura Entre el tiempo, que con sus dos caras mira a los edificios, por un lado, y a la isla San Lorenzo, por el otro. La impertinente obra de José Tola ha generado el rechazo de un grupo de vecinos miraflorinos.


Un crítico contemporáneo de arte no intentaría explicar el significado de la obra y, más bien, diría que de lo que se trata es, justamente, de "no significar", de romper el sentido armonioso y "saludable" que generan los edificios, el parque y el mar, para así cuestionar ese orden artificial y hasta enajenante. Sin embargo, quienes rechazan la escultura no están en contra de lo abstracto de ella, pues ellos sí han encontrado significados en varios elementos que la componen; para ellos resulta insoportable la deformidad antropomórfica, las connotaciones sexuales y diabólicas y los "colores huachafos" o "colores que no se integran al paisaje natural". Al reconocerlo como un antropomorfo (tiene una cabeza, tronco y extremidades como ellos mismos), lo que entonces no toleran es que sea ajeno a ellos (tiene cuatro dedos, es bisexual y muestra colores andinos).


2004 Vitral 120 x 147 cm.

Es bueno saber que no es la primera vez que se rechaza un monumento en esa zona de Lima. Roberto Ochoa, de La República, hace un recuento de las esculturas que también fueron censuradas en su momento. Una de ellas es El beso, que hoy se ubica en el conocido "Parque del amor", la cual, para quienes estaban en contra de su colocación, no poseía una estética miraflorina, era demasiado chola y debía estar "en algún otro parque de Lima". En el caso de Entre el tiempo, no se puede negar que posee bastante de la estética andina, donde priman los colores fuertes utilizados por esa cultura y provenientes de las sociedades precolombinas, se trata de un estilo que Tola emplea en la mayoría de sus trabajos hace más de treinta años. Roberto Ocho también reconoce esa influencia y destaca que, como muchos otros artistas peruanos, "Tola no se ha librado de la influencia atávica que viene desde el panteón de la civilización prehispánica" y que Entre el tiempo se asemeja a "un tótem de dos caras, como Tiahuanaco o Pachacámac", pero actualizado con los colores que peyorativamente se conocen como "chicha" —agregaríamos.


Es así que se puede deducir que el rechazo de algunos miraflorinos es el repudio en parte a lo andino que subrepticiamente transgrede y cuestiona los espacios tradicionalmente limeños. Pero no solo eso, también se trata de la censura a grupos minoritarios como la comunidad homosexual (por la doble sexualidad de la efigie), a las personas con anomalías físicas (los cuatro dedos en manos y pies), y lo que no comulga con lo cristiano (por la barba y los supuestos cuernos de la figura).


Sin embargo, es grato saber que quienes rechazan la obra son menos por lo menos online que los que están a favor de ella. La página en Facebook de la comunidad "No al monstruo del Malecón..." (donde participan personas mayores de treinta años) tiene solo 626 fans contra los 3909 fans que posee la comunidad "Sí a la gran escultura...", cuyos participantes son más jóvenes. Son precisamente estos jóvenes quienes han crecido en una época donde han tenido que convivir con la cultura andina como nueva dueña de la capital y se han acostumbrado a la mayor exposición de la comunidad gay y personas con anomalías físicas en los medios masivos. Ha sido esa nueva experiencia la que los ha hecho más tolerantes y que no sientan ese rechazo a lo distinto a ellos, a diferencia de los cuarentones y cincuentones que protestaron con carteles y afiches contra la escultura.

De esta manera, es seguro que el "monstruo del malecón" no hará llorar a los niños que paseen por ese parque, por el contrario, los educará al hacerlos más tolerantes a lo ajeno y diferente a ellos; conocerán, gracias al "arte", que no todo es armonía en el mundo, que existen cosas distintas y heterogéneas, otros grupos quizá más fuertes y grandes que ellos mismos.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

La paradoja de los músicos solitarios: El Rock 'Nacional' en las Radios

"Está probado que la repetición ayuda a convertir en un éxito a los temas" (1) es uno de los principales argumentos con los que las solitarias bandas de rock (o pop) en nuestro país mendigan ingresar en las radios y exigen que el 30 % de la música que se trasmita sea de producción 'nacional' (a la que ellos, incuestionablemente, creen representar). Es decir, pretenden que los oyentes de estas canciones quieran volverlas a escuchar no por su cualidades musicales en sí, sino porque la reiteración de su ritmo hará que nuestras mentes deseen oírlas una y otra vez, de la misma manera que cualquier canción se hace un 'hit de verano'.

De inmediato explota la contradicción, ya que otra parte de sus argumentos para reclamar espacio en las radios critica lo que ahí se presenta, pues, como canta Julio Andrade, esas canciones tienen "letras vacías y coreografías como el Baile del caballo". En otro lado, la banda de rock Ni voz ni voto, en el video de su tema 'Rebelión', menciona que "Hay espacios para FREAKS televisivos, pero no para verdaderos ARTISTAS". Estos incomprendidos 'artistas verdaderos', paradójicamente, quisieran que sus canciones suenen reiteradamente en las radios, pues es el único camino que les queda para conseguir éxito, tal como lo hacen los freaks que critican.

Sin embargo, personalidades como Mabela Martínez, conductora de 'Sonidos del Mundo' y cuya autoridad en la música parece incuestionable, en una entrevista donde promociona a el cantautor Jorge Drexler (2), menciona que "el público ya no depende de las radios ni de la televisión (...), el usuario tiene la sartén por el mago, tiene un Ipad, tiene un mp3 y se baja la música, la compra por internet y se crean comunidades, una serie de ambientes (...), es un contagio y va creciendo". Esto haría que artistas como Jorge Drexler no necesiten aparecer en radios para llenar auditorios en sus conciertos. De esta manera, la culpa de las radios por el fracaso de quienes dicen hacer rock 'nacional' quedaría expiada, pues Martínez afirma que es posible tener éxito sin aparecer en ella, solo haría falta que la comunidad que los sigue por medios alternativos se 'contagie y crezca', pero esto no le pasa a las agrupaciones nacionales, sus seguidores no crecen no porque no tengan acceso a sus canciones, sino porque no sienten empatía por el tipo de música que el rock 'nacional' produce, un género donde la nominación 'nacional' parece ser solo una mera etiqueta y no parte de ella misma.

No nos extenderemos en la discusión de lo 'nacional' ahora, tema muy complejo y gaseoso para desarrollarlo aquí. Sin embargo, nos podemos dar cuenta de que, sopechosamente, quienes reclaman espacio en las radios son básicamente bandas del rock, género musical cuya génesis corresponde a realidades muy distintas a la nuestra. Con la intención de esclarecer este otro problema, podemos hacer algunas comparaciones para medir la solidez del rock 'nacional'. Un 'rock nacional' debería poder diferenciarse de el rock de otros países por algo que lo haga original, una característica propia que le dé una identidad. En esta línea, se puede hablar de un rock estadounidense y un rock inglés (creadores del rock), pero ¿se puede hablar de un rock peruano? No muy lejos de aquí, el músico Charly García, con pocas objeciones el padre del rock en castellano, señala lo siguiente: "creo que el rock and roll desciende del tango, ¿por qué? No lo sé" (0:47). Charly ha introducido algo que hace original al rock argentino (el tango) y ha conseguido formar una tradición que siguen otras bandas y músicos como Fito Paez. Entonces, es más fácil hablar incluso de un rock argentino que de un rock peruano. Quizá, el día que un rockero peruano crea que el rock desciende del huayno y forme una tradición, podremos hablar con más seguridad de un rock nacional, con sus particularidades, un rock que empatice con un público más grande y que sea capaz de crecer sin las radios.

Por ahora, lo que queda claro es que el rockero 'nacional' se encuentra en una paradoja: quiere ser masivo mediante la repetición, quiere conseguir el éxito de la misma forma que lo hacen los grupos a los que critica. Al parecer, este llamado agonizante de las bandas de rock 'nacional' ve como su única salvación a las radios y a la repetición estupidizante, pues son incapaces de hacer crecer a sus comunidades, que solo se reducen a solitarios grupos como sectas, con una estética copiada de otras realidades, nada originales o de poca calidad. Es así que se revela un interés menos 'patriótico' y más realista de todo esta súplica: obtener beneficios económicos a partir del posicionamiento de música cuestionablemente nacional. A pesar de esto, existen radios donde la producción nacional ocupa cerca del 60 % del espacio, son las radios donde pasan cumbia o chicha, o las radios de música andina, donde con seguridad el 100 % de lo que se pasa es producción nacional, muy propablemente porque el adjetivo de 'nacional' de la música andina es más sólido que el del rock sin identidad que por ahora se produce.