El siguiente texto es una reseña del libro ganador del Premio Copé Ensayo 2012, El wakcha en el relato andino de tradición oral de John Valle. Fue publicado este año a través del blog Bitácora del Hablador de la revisa virtual el El Hablador.
Si bien la mayoría de textos retoman el tema de lo andino y las consecuencias de su necesario contacto con la ‘modernidad’ (migración, tendencia al capitalismo, búsqueda del progreso), hoy proponen explicaciones basadas en hechos concretos que muestran que la salida del estado subalterno de lo andino pasa por encima del discurso mesiánico, que es como se interpreta el mito de Inkarri y es el que explica la tendencia de los intentos de revolución (fallidos) rastreados por Flores Galindo en Buscando un Inca. En ese sentido, desde el análisis del discurso y utilizando herramientas semióticas, Derrotero de la soledad analiza una serie de relatos orales que tienen como tema al wakcha, el cual se presenta en dos ciclos míticos: el del mesianismo y el del gentilismo. De esta manera, John Valle se interesa por el discurso mítico en tanto construcción simbólica para explicar una realidad (p. 16). Es decir, el mito nos proveerá la respuesta de cómo el sujeto andino asume e interpreta la realidad y de qué forma espera revertir el estado en que se encuentra, ya que luego de la llegada de los españoles hasta (por lo menos) las últimas décadas del siglo pasado se lo ha visto en un estado subalterno o de crisis.
Para entender mejor la tesis de John Valle, se debe diferenciar entre el milenarismo y el mesianismo, discursos míticos de respuesta ante un estado de crisis. En el primer caso, se trata de una vuelta a un periodo intrahistórico donde se recupera el poder, pero donde no se especifica el cómo; mientras que en el segundo caso, se espera la llegada de un salvador (mesías), que para el mundo andino habría tomado diversos nombres: Túpac Amaru II y los posteriores líderes campesinos. Valle relaciona el discurso mesiánico con los mitos de Inkarri, mientras que el discurso milenarista no mesiánico se daría en los mitos de los gentiles. “Partimos del hecho de que la mitología andina no solo ha gestado mitos con alusiones mesianistas, sino que, también, ha elaborado relatos protagonizados por agentes del uku pacha (gentiles) que son causantes de daño para el runa” (p. 25).
En estos mitos, el sujeto andino o runa estaría representado por el wakcha, sujeto o categoría que se puede rastrear en los tres grandes espacios que conforman el cosmos andino: el hanan, el uku (ambos son un “otro mundo”, lugar de los dioses y gentiles) y el kay pacha, sitio del runa y espacio de confluencia del hanan y el uku. En la dimensión hanan, la figura del wakcha corresponde a los dioses andariegos como Viracocha que, disfrazado de mendigo, va recorriendo y transformando el mundo. En la dimensión uku (o urin), las características de los gentiles corresponden a la del wakcha en tanto seres desarraigados y desposeídos. Por otro lado, en “este mundo” (kay pacha), la figura del wakcha sintoniza con la del migrante héroe, “huérfano de huérfanos”.
En el primer capítulo, Valle reúne las características del wakcha a partir del pachakuti que significó la conquista española. El sami (poder y don que brindan los dioses) es trasladado del Inca a los españoles y, posteriormente, a los mistis. Entonces, el runa, al perder el poder y al Inca, termina en un estado de orfandad y “soledad cósmica”, y vivirá, en este nuevo periodo de la historia, buscando la forma de recuperar el sami. Además, el autor, bajo el principio de correspondencia que vincula a los tres espacios del cosmos andino, argumenta que “el wakcha es la actualización de la divinidad” y “correspondería al poder divino que se traslada, que migra, que camina buscando el sami para poder construir su identidad y expresarla alterando su suwirte (suerte) y la del mundo (como en el caso de Viracocha)” (p. 41). El autor demuestra que “el wakcha es un símbolo omnipresente en la tradición andina” y es figura dominante, desde los dioses andariegos, los mitmakuna prehispánicos y el desarraigado de la colonia, hasta el migrante moderno.
En el segundo capítulo, se empieza a dar respuesta a la pregunta hecha en la introducción del libro: “¿Qué sucede en el universo andino, mientras tarda en manifestarse el héroe liberador, caro al mesianismo?” (p. 26). La salida del wakcha, convertido en migrante, corresponde a un discurso mítico milenarista, mas no mesiánico, donde el migrante es “protagonista de la transformación del Estado, de la reconquista del espacio, en una gesta que resacraliza el mundo” (p. 112). El autor se apoya en las ideas de Matos Mar y Jurgen Golte para señalar cómo el migrante emplea los “mecanismos de organización que han ido aprendiendo del mundo oficial” para ser escuchados. Esta resacralización del mundo también se puede notar en la conformación de clubes provinciales en la capital donde, a través de la práctica de sus ritos, actualizan el mito de origen “e impiden que se rompa el nexo con la comunidad de origen y hasta con sus dioses” (p. 101).
Por último, el autor analiza y compara catorce relatos sobre lagunas encantadas. Dichos relatos serían parte del discurso gentilista. Se trata de historias que tienen en común el rapto de jóvenes que se encuentran “en estado de gran soledad, lo cual les hace vulnerables” (p. 129). Los familiares no hallan forma de recuperar a su hijo aun recurriendo a artilugios propios de su tradición o a sacerdotes cristianos. Esta inoperatividad de sus creencias evidencia un traslado de los dioses “hacia la dimensión de lo oscuro, de lo no civilizado, de lo no revelado” (p. 134). Sin embargo, es en lo waynos quechuas donde se percibe que la nueva instancia de protección a la que se aclama, antes representada por los dioses, ahora se compone de la pareja padre/madre, “dicho binomio asume el rol de la comunidad que brinda protección en una situación normal” (p. 97). De esta manera, se puede afirmar que el pachakuti provocado por la conquista es más que una simple vuelta del orden del mundo, ya que se introduce un tercer elemento (lo español) que ahora desplaza tanto a los gentiles como al Inca (y dioses protectores) a la dimensión uku. Así, al no tener a quien acudir, el wakcha termina amparándose en su propia comunidad.
Entonces, en la concepción temporal del milenarismo andino, el pasado inmediato (de Inkarri) prefigura un futuro remoto (el mesías que nunca llega), mientras que el pasado mediato (de los gentiles) prefigura un futuro inmediato, ya que los gentiles se manifiestan constantemente causando diversos tipos de daño al runa, como en el caso de las lagunas encantadas. Tanto pasado inmediato como mediato:
“son dos instancias que mantienen una suerte de pugna por lograr imponerse en el kay pacha. En ese sentido, el futuro queda prefigurado al pasado y presenta dos posibilidades: la primera anclada en una visión mesiánica como es el caso del mito del Inkarri, y la segunda enmarcada en lo que hemos denominado gentilismo, como es el caso de las sirenas, ñaupas, demonios, etc” (p. 163).
Uno de los aportes más valiosos de este ensayo es la interpretación que da sobre la actualidad del hombre andino (runa) y el fenómeno de la migración, explicación que parte de una distinción de dos ciclos míticos que corresponden a un discurso milenarista mesiánico y otro milenarista no mesiánico. John Valle señala, como salida del estado subalterno del wakcha, al camino menos romántico y atractivo, pero el que, finalmente, explica mejor la actitud del migrante moderno. Se trata de un Pachakuti no romántico donde el héroe de la gesta no es “un Inca” mesías, sino los propios migrantes.
John Harvey Valle Araujo
Derroteros de la soledad:
El wakcha en el relato andino de tradición oral
Lima, Petróleos del Perú, 2012.
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